🜎 Superfluor 64. El hombre que nunca vio un tornado
La historia de Tetsuya Fujita: de las cenizas de Nagasaki a la escala que revolucionó la meteorología.
IMAGEN DE PORTADA: Fotocomposición propia (gracias a quienes participásteis en la encuesta exprés ❦)
Hay algo profundamente humano en tratar de encontrar sentido a todo lo que nos sucede y rodea. Unimos con hilos invisibles los puntos de la realidad con la esperanza de que el caos y la incertidumbre queden bajo control. En ocasiones, esa búsqueda de sentido en el desorden puede conducir a la obsesión, pero cuando se produce en una mente serena y metódica, los descubrimientos pueden alcanzar la categoría de increíbles.
Esta es la historia de Tetsuya Fujita, el hombre que convirtió lo invisible en tangible, el que dio nombre, forma y medida a la fuerza brutal y caótica de los tornados. Cuando empecé a explorar esta historia, no esperaba que su vida y los tornados fueran a ser tan apasionantes. Coge una posición cómoda y vamos a ello.
Antes de empezar: si estás leyendo desde tu correo, esta historia se truncará más abajo debido a su extensión e imágenes. Si quieres disfrutarla en condiciones, pulsa arriba en el título (y si la lees en un ordenador, mucho mejor). Es extensa, sí, pero hay mucho que contar.Un joven profesor de física de 24 años caminaba entre los escombros aun humeantes de Nagasaki. La mañana del 9 de agosto había sido lanzado el segundo artefacto nuclear sobre suelo japonés, y sus efectos eran tan desconocidos como devastadores.
La cuestión es que ese joven, Tetsuya Fujita, no debía estar allí.
En realidad, era excepcional que estuviera vivo.
Él no podía saberlo en ese momento, pero el objetivo primario de la segunda bomba atómica era Kokura, la ciudad donde vivía. El destino quiso que las nubes y el humo del bombardeo incendiario en la vecina ciudad de Yahata oscurecieran la visión del piloto norteamericano, que siguió las órdenes recibidas: si Kokura no es visible, volar al objetivo secundario. Nagasaki.
Fujita colaboró con las autoridades japonesas en inspeccionar los escombros para desentrañar qué había sucedido, y es aquí donde comienza una historia extraordinaria. El joven ingeniero mecánico, meticuloso y observador, recorrió la ciudad arrasada, y al atravesar los cementerios de la ciudad se fijó en algo que otros habían pasado por alto. Los japoneses tenían la costumbre de colocar varas de bambú en la tierra de las tumbas a modo de florero, así que Fujita midió las sombras de quemaduras en el interior de esas varas de bambú, en los lados que habían estado de espaldas a la explosión. Con eso, triangulando datos, consiguió determinar con precisión extraordinaria el ángulo y lugar de lanzamiento de la bomba y a qué altura había explotado.
Aquella fue su primera investigación de daños a gran escala, y la huella que imprimió en Fujita la devastación nuclear le acompañaría para siempre en sus contribuciones a la ciencia meteorológica.
Fujita había estudiado ingeniería mecánica en el Colegio de Tecnología Meiji de Tokio, trabajaba como profesor asistente en el Departamento de Física y dedicaba su tiempo a analizar tormentas. Fascinado por ellas desde adolescente, creaba mapas meteorológicos detallados y desarrollaba planteamientos sobre corrientes ascendentes y descendentes.
Con los años, aquellos planteamientos resonaron más allá del Pacífico y sus investigaciones conectaron con lo que el meteorólogo Horace Byers, de la Universidad de Chicago, estaba investigando en su Proyecto Tormenta, una iniciativa gubernamental que buscaba investigar las tormentas usando toda la potencia y tecnología disponibles en aquel momento. Byers invitó a aquel prometedor ingeniero a unirse a su equipo, y este aceptó. Tras obtener su doctorado en Tokio en 1953, se mudó a Estados Unidos ese mismo año.
Muy pronto quedaría cautivado por el fenómeno meteorológico más icónico, destructivo y desconocido de Norteamérica.

1/6. Siempre hay un primer tornado
Los tornados son fenómenos meteorológicos esquivos y frustrantes. Son impredecibles, etéreos y se desvanecen en el aire. Tras su paso no queda huella en el cielo, y si atraviesan una zona deshabitada, nadie puede afirmar con facilidad que se hayan producido. Sin embargo, su poder destructivo es enorme. El escaso conocimiento que se tenía de ellos en los años cincuenta hacía casi imposible anticiparse y estar en el lugar y momento adecuados para estudiarlos en acción.
Fujita era optimista por naturaleza y creía que, con la mirada adecuada, casi detectivesca, se podía aprender mucho sin estar presente, y lo demostró al enfrentarse a su primer gran tornado, con el que pondría a prueba su método de pensamiento. Se trataba de un tornado enorme que asoló Fargo, en Dakota del Norte, en 1957. Fue descrito como el más destructivo de los producidos en esa región en los últimos 90 años. Este:


«Ted» Fujita (como ya le llamaban sus colegas yankees) no encajaba en un perfil típico de meteorólogo americano: para empezar su formación era ingeniería, no meteorología. Tampoco era un teórico ni un científico ensimismado en abstracciones. Él era, en esencia, un observador, un científico que necesitaba ver para creer, estar para comprender. Recorría kilómetros a pie, estudiando las marcas en el suelo como un arqueólogo estudiando ruinas antiguas. En Fargo, adquirió casi 200 fotografías y películas suministradas por testigos de la tormenta y las analizó mediante fotogrametría, una técnica revolucionaria para hacer mediciones a partir de imágenes como, por ejemplo, estimar la magnitud de los vientos.
En sus análisis se dio cuenta de algo peculiar en los patrones de destrucción: había casas con daños menores en tejas y ventanas, mientras que en la misma propiedad el garaje podía estar arrasado y los árboles arrancados de raíz. ¿Cómo un tornado puede arrancar una casa de sus cimientos y dejar intacta la de al lado? Mientras examinaba las peculiares marcas que los tornados dejaban en los campos llegó a una conclusión importante: ¿y si no era UN tornado?
Pronto llegaremos a esto.
Después de un análisis minucioso que se prolongó dos años, Fujita presentó perspectivas revolucionarias sobre la anatomía de los tornados y el ciclo de vida de sus «nubes madre» (también llamadas supercélulas rotatorias), o de las «nubes de pared», términos que se incorporaron al corpus de la ciencia meteorológica. Donde otros colegas veían caos y destrucción azarosa, Fujita veía trayectorias, patrones y sentido.
Nuestro ingeniero ya empezaba a ser conocido por su habilidad casi sobrenatural para intuir el orden entre montones de escombros y árboles caídos.
2/6. Los terroríficos tornados de Palm Sunday
Pero la gran prueba de viento llegó el 11 de abril de 1965, con uno de los eventos meteorológicos más devastadores jamás ocurridos en suelo estadounidense, conocido como los tornados de Palm Sunday. En algo más de 24 horas, al menos 55 tornados confirmados (18 de ellos clasificados retrospectivamente como violentos) arrasaron el Medio Oeste y el suroeste de Estados Unidos. 266 personas muertas, más de 3600 heridas y daños valorados en miles de millones de dólares.







Fujita no solo estudió el desastre, lo documentó con una exhaustividad obsesiva. Como las investigaciones se veían limitadas por la ocurrencia casual de que los residentes proporcionaran imágenes y testimonios, Fujita alquiló avionetas ligeras para llegar rápidamente después de los tornados y fotografiar sus senderos de destrucción desde nuevas perspectivas.
Combinaba fotografías aéreas, imágenes satelitales, fotografías a nivel del suelo y reportes de daños por parte de la población local para producir lo que entonces era el análisis científico más completo de un evento de tornados jamás realizado. Decía no confiar en las computadoras para trabajos de escala tan fina, así que todos sus mapas de trayectorias los dibujaba a mano (una maravilla de la visualización de datos, por cierto). En su laboratorio de Chicago, diseñó máquinas para producir tornados artificiales a escala con el fin de probar hipótesis. Analizaba marcas de arrastre y rebote en la superficie, la dirección en que los árboles habían sido arrancados, el tipo de daño en cada estructura. Su enfoque era holístico: combinaba pruebas de laboratorio con observaciones de cómo los escombros habían sido lanzados, con datos meteorológicos sobre temperaturas y vientos con fotografías de estructuras dañadas.
Y su método le llevó a identificar algo que ya vislumbró en el tornado de Fargo y que redefiniría la ciencia de las tormentas: los «suction spots».
Imagina que un tornado no es solo una columna de viento giratorio, sino un sistema con varios tornados más pequeños orbitando alrededor del centro, como satélites gravitando en torno a un planeta. Esos vórtices secundarios pueden alcanzar velocidades superiores a 500 km/h y causan los efectos más devastadores dentro del camino del tornado principal. Mapeando minuciosamente la localización de los daños, Fujita determinó que los patrones de devastación total y de muertes aparecían en estrechas franjas del camino más amplio del tornado. Ahí estaban los puntos de succión. Hoy se conocen como tornados de vórtices múltiples, y se encuentran en los tornados más violentos.






Aquel desastre meteorológico del 11 de abril hizo también patente una grave carencia: una escala de clasificación. No existía un sistema estandarizado para tipificar la intensidad de los tornados. Hasta entonces, los meteorólogos describían tornados como «fuertes» o «débiles», pero esas eran categorías imprecisas, subjetivas, inútiles para la ciencia seria. El problema era que, con la tecnología y los medios de la época, no se podía medir la velocidad del viento producido en el corazón de un tornado.
Aunque para Fujita no era un problema, sino un desafío científico e intelectual.
3/6. Medir lo invisible
¿Cómo medir lo que no se ve y se desvanece en el aire?
Con la experiencia adquirida, Fujita y su equipo entendieron que solo quedaba determinar la intensidad de un tornado por la destrucción que dejaba a su paso, en estructuras humanas y en la vegetación. De un modo similar a sus observaciones en Nagasaki, el ángulo de inclinación de la vegetación serviría también como referencia.
Así, en 1971, nació la Escala Fujita, con rangos de velocidad de viento y descripciones asociadas del daño característico. Fue la culminación de miles de horas de estudios y análisis, de años midiendo y comprendiendo la destrucción.
Bueno, oficialmente se le denomina «Escala Fujita-Pearson», porque Allen Pearson, director del Centro Nacional de Pronósticos Severos de Estados Unidos, colaboró en su desarrollo (pero vamos, que el nombre extendido sea F-Scale o Escala Fujita lanza un mensaje claro). Los 13 grados originales de la escala, que cubrían tornados extremos jamás registrados, se redujeron a cinco categorías, más prácticas y manejables y en las que encajaban todos los tornados observados hasta entonces.
Es un diagrama muy interesante. La escala f (minúscula) representa los niveles de daño observados en las estructuras, mientras que la escala F (mayúscula) representa la velocidad del viento estimada del tornado. Por ejemplo, si un tornado arranca el techo (Roof gone, f2) en una casa resistente con estructura de madera (Strong Framehouse), se clasifica como F2 en la escala de velocidad del viento. La clave es que el mismo nivel de daño visible (f) indica diferentes velocidades de viento (F) según la resistencia de la estructura, algo que ya intuíamos con el cuento de los 3 cerditos.



Un tornado F0 (ligero) causaba daños ligeros: chimeneas y vallas publicitarias dañadas, ramas rotas, árboles de raíces superficiales derribados. Un F1 (moderado), con vientos de entre 117 y 181 km/h, marcaba el inicio de vientos de fuerza de huracán; techos desprendidos, casas móviles volcadas, vehículos en movimiento empujados fuera de la carretera. Un F2 (considerable) arrancaba techos de casas con estructura de madera, demolía casas móviles, volcaba vagones de carga, arrancaba árboles de gran tamaño.
Los niveles superiores describían destrucción casi apocalíptica.
Un F3 (severo) arrancaba techos y paredes de casas bien construidas, volcaba trenes, arrancaba la mayoría de los árboles en bosques, levantaba vehículos pesados del suelo y los lanzaba.
Un F4 (devastador) alzaba casas bien construidas, volaba estructuras con cimientos débiles a cierta distancia, lanzaba vehículos, generaba proyectiles con objetos grandes.
El término «increíble» estaba reservado para F5, el nivel más destructivo. Con vientos de entre 419 y 512 km/h, un tornado F5 levantaba casas de estructura sólida de sus cimientos y las transportaba distancias enormes hasta desintegrarlas, lanzaba proyectiles del tamaño de automóviles a más de 100 metros, arrancaba la corteza de los árboles. El apodo de un F5 es «el dedo de Dios».
El propio Fujita diseñó una elegante escala (a mí al menos me lo parece) para representar las relaciones con las escalas de Beaufort (usada por los marineros para calcular la intensidad del viento por su fuerza y por el estado de la mar) y Mach (la velocidad del viento en proporción a la velocidad del sonido).
Y aquí hago una breve pausa. Estamos acostumbrados a etiquetas, a clasificaciones, pero quiero hacer énfasis en la maravilla intelectual que supone nuestra capacidad de transformar lo abstracto en concreto. Hasta 1971, un tornado era una fenómeno impreciso, una furia incomprensible, un amasijo de datos sin orden ni concierto. Con la Escala Fujita, ese caos por fin podía medirse, visualizarse, estudiarse, compararse y, muy importante, comunicarse, porque se convirtió en el estándar internacional durante décadas.
Desde entonces, Ted Fujita pasó a ser conocido como Mr. Tornado. Y desde luego trabajo no le faltó.
4/6. La madre de todas las tormentas
Ahora te voy a pedir que pulses en el siguiente mapa y dediques un momento a verlo en detalle.
Fíjate en las líneas rojas que atraviesan 13 estados como venas abiertas.
En los números que marcan la intensidad en Escala F de cada tornado en su ruta de destrucción.
En las manchas amarillas que marcan las ciudades asoladas.
En las tablas y gráficos que cuantifican la devastación con la precisión de un balance contable.
Estás viendo la representación fría y objetiva (e impresionante en términos de visualización de información) de uno de los eventos naturales más tremendos producidos en Estados Unidos. El 3 y 4 de abril de 1974, desde los Grandes Lagos hasta el extremo Sur, una serie de tornados como nunca antes se había visto arrasó miles de kilómetros.
148 confirmados, 30 de ellos F4 y F5.
El mapa no puede mostrar el ensordecedor rugido del viento rotando a 500 kilómetros por hora, ni las sirenas aullando para avisar a la población, ni las familias corriendo a refugiarse en sótanos mientras las nubes de escombros oscurecían el día y arrasaban todo a su paso. Traviesas de ferrocarril de 113 kilos aparecieron destrozadas en campos de cultivo a 16 kilómetros de distancia. Algunas zonas fueron golpeadas por dos tornados sucesivos.
A lo largo de esas líneas rojas murieron entre 310 y 335 personas, unas 6.000 resultaron heridas. Se destruyeron 7.512 casas, 2.091 casas móviles, 3.996 edificios agrícolas. Las pérdidas superaron los 600 millones de dólares de 1974, equivalentes a más de 3.800 millones de dólares actuales.
La sociedad norteamericana estaba traumatizada, con infinidad de preguntas por responder.






Aquel Super Brote (Super Outbreak, como lo denominó Fujita) supuso una gigantesca prueba de fuego analítica. Más de 10.000 millas de estudios aéreos, encuestas a pie de calle, testimonios de supervivientes, análisis fotogramétricos de películas caseras que capturaron los tornados… He estado revisando archivos de documentación y son apasionantes, son una mina de inspiración sobre procesos de investigación.
Fujita y su equipo pasaron meses componiendo aquel gigantesco puzzle de datos, hasta que por fin completaron la historia del Super Outbreak. No se podía entender lo que pasó aquel 3 de abril mirando cada tornado por separado, por eso una de las piezas clave del análisis fue el mapa que has visto, de varios pies de largo y dibujado por Fujita con su propia mano con la paciencia de un cartógrafo medieval. Se puede decir que fue su obra cumbre.
Aquel trabajo sirvió también a Fujita para reafirmar sus sospechas sobre algo fundamental en la dinámica invisible de las tormentas, un fenómeno para el que ni siquiera sus más experimentados colegas de profesión estaban preparados todavía, ni para creer ni para entender.
Fue por entonces cuando el teléfono del despacho de Ted comenzó a sonar con insistencia. La Eastern Airlines y la Junta Nacional de Seguridad en el Transporte (NTSB) querían hablar con él.
Urgentemente.
5/6. El misterio del vuelo 66
24 de junio de 1975.
El vuelo 66 de Eastern Airlines procedente de Nueva Orleans se preparaba para aterrizar en el aeropuerto JFK de Nueva York. El aire todavía estaba cargado de la humedad de la tormenta producida poco antes, pero no había afectado al tráfico aéreo y una docena de aviones habían aterrizado previamente sin incidentes. Cuando el avión estaba a 150 pies de altura, el capitán anunció «pista a la vista». Tres segundos después, el primer oficial pidió urgentemente aumentar la potencia. Para elevarse.
Demasiado tarde. A 2300 pies del comienzo de la pista, el Boeing 727-200 se estrelló y quedó envuelto en llamas. 113 de las 124 personas a bordo murieron.
Los expertos en aviación estaban desconcertados por la causa del accidente, insinuando la posibilidad de un error del piloto. La cuestión es que el vuelo 66 era solo el último de una lista trágica: grandes aviones comerciales con tripulaciones de vuelo experimentadas caían del cielo con alarmante frecuencia, sin motivo explicable.



Fujita desplegó su procedimiento habitual, revisando imágenes de radar, registros de vuelo y, de manera crucial, entrevistando a los pilotos de los aviones que habían aterrizado de forma segura justo antes de que el EA66 se estrellara.
Con su excepcional capacidad para identificar patrones, sentía que ya había visto esto antes. Él lo denominaba microburst, o microrráfaga.
Una microrráfaga, o estallido descendente, es una columna de aire, muy intensa y breve, que desciende rápidamente, golpea la superficie y luego fluye en todas direcciones. Fujita creía haber detectado el fenómeno en otras tormentas intensas, y particularmente durante el Super Outbreak, con árboles caídos formando un patrón de estallido, como si alguien hubiera presionado desde arriba.
Fujita estaba convencido de que el EA66 había perdido súbitamente la sustentación de las alas al atravesar una microrráfaga, desapercibida bajo el umbral de detección de los sistemas meteorológicos del aeropuerto.
Este nuevo y polémico concepto había chocado con el muro de escepticismo de sus colegas meteorólogos, que no acababan de creer que algo así no hubiera sido detectado previamente ni que fueran un fenómeno tan intenso como producir un efecto tal. Fujita fue cuestionado abiertamente en conferencias y artículos.
Como afirmó Roger Wakimoto, un ex estudiante de Fujita que posteriormente dirigió el Centro Nacional de Investigación Atmosférica, Fujita «no retrocedió ni un centímetro».
Entre 1975 y 1978, Fujita, en colaboración con el Centro Nacional de Investigación Atmosférica, se embarcó en la busca y captura de microrráfagas usando tecnología de radar Doppler, lo que sería el proyecto NIMROD. A bordo de una avioneta Cessna estudió patrones de ráfagas descendentes en campos de maíz. Finalmente, el 29 de mayo de 1978 se observó una microrráfaga cerca de Yorkville, Illinois, a la que seguirían varias decenas más. El análisis de los datos de este evento era consistente con el modelo de ráfagas descendentes de Fujita.
Mr Tornado tenía razón, cómo no.
La investigación de la Junta Nacional de Seguridad en el Transporte reafirmó lo que ya había concluido Fujita y determinó una serie de cambios en protocolos y sistemas aeronáuticos, como la instalación de radares Doppler de detección y, desde 1993, comprobaciones y alertas de cizalladura del viento obligatorios en todos los aviones.
De 1964 a 1985 hubo 26 accidentes aéreos por microrráfagas, y solo en Estados Unidos. Con los cambios aplicados, la tasa se redujo a 1 cada 10 años.
Imposible calcular las vidas salvadas por la convicción de nuestro ingeniero favorito.

6/6. Outro
Y llegamos a 1982, cuando Fujita ya contaba con 62 años. Formó a toda una generación de científicos, era conocido y respetado en la comunidad científica internacional, recibió infinidad de reconocimientos y premios por su contribución a la meteorología y, sin embargo… tenía una espina clavada que le incomodaba (o tal vez le avergonzaba) profundamente.
¡Pues que nunca había visto un tornado!
Parece mentira pero es cierto. Él, que había documentado cientos de tornados, que la clasificación internacional llevaba su nombre, que eran su vida… Mr Tornado no había visto en persona su brutal belleza destructiva. Decían sus colegas que cada vez que se desataba una tormenta corría a la azotea de su laboratorio en la Universidad de Chicago, con los ojos puestos en el cielo. Su sueño se hizo realidad en junio de 1982, camino de un trabajo de campo en el Aeropuerto de Denver. Para su alegría, un muro de nubes oscuras se alzaba en el horizonte, mientras un pequeño vórtice blanco comenzó a materializarse con fuerza ante sus ojos maravillados y su cámara frenética.
Aquella noche, sus estudiantes y colegas organizaron una fiesta para celebrar el primer tornado de Mr. Tornado.
En fin, con el paso del tiempo, la Escala Fujita tuvo que actualizarse, no porque cambiara la naturaleza de los tornados sino porque los materiales y las técnicas de construcción evolucionaron y el tipo de daño estructural de 1970 no aplicaba con la misma precisón décadas después. La EF-Scale (Escala Fujita mejorada), nació en 2007, fiel al principio original: la fuerza de un tornado se mide por su capacidad destructiva.
La próxima vez que escuches en tu avión la verificación de cizalladura del viento para que el aterrizaje sea seguro, o veas en las noticias cómo clasifican un tornado según la Escala EF, acuérdate del japonés detallista y apasionado de las tormentas que nos enseñó que lo invisible puede hacerse visible, que la belleza furiosa de la naturaleza puede estudiarse con curiosidad y respeto, que incluso ante la destrucción más absoluta hay patrones que observar y una historia que aprender, si tenemos la paciencia necesaria para entenderla.
«La gente no debería tener miedo de proponer ideas. No llegues nunca a estar tan asustado que no propongas algo en lo que crees.»
—
Ted Fujita







Espero que la historia de Fujita te haya gustado tanto como a mí explorarla. Si te ha gustado, dale al 🖤, comenta y compártela para que llegue a quien también la aprecie. Es el mejor modo de apoyar esta gaceta.
Referencias
Hay infinidad de documentos interesantes sobre su obra (puedes explorar o me puedes preguntar), pero te recomiendo The Mystery of Severe Storms, una especie de autobiografía-tributo publicada por la Universidad de Chicago, a medio camino entre un libro académico y unas memorias que abarcan desde 1942 a 1992. Es didáctico y entrañable de un modo peculiar, como era Fujita, y ayuda a entender mejor su psicología. Por ahora solo he conseguido una copia digital, ojalá algún día pueda hacerme con una física.
Palm Sunday // Super Outbreak // Vuelo 66 // El corazón de un tornado
Para decirme algo, puedes responder al correo o por aquí. Si se te ha hecho corto y quieres más, puedes leer historias curiosas, los números más leídos, el extraño Buzón Ciego, la nueva sección Recortes, las Notas (donde comparto otro tipo de cosas) o directamente el archivo, que está completito.
Gracias a las más de 6300 personas que estáis ahí y nos vemos pronto en la siguiente Superfluor (espero).

















Increíble historia, muchas gracias por compartirla. Soy ingeniero, y esta historia me ha dado algunas ideas interesantes y locas sobre un proyecto en el que estoy trabajando. Muchas gracias.
Qué perseverancia ante algo “invisible”, me ha encantado a nivel de representación, maravilloso. Cuando escuche alguna noticia sobre un tornado, valoraré esa letra y esa cifra. Cuánto trabajo detrás de cosas que damos por hechas si no profundizas. Gracias!!